lunes, 19 de agosto de 2019

Todos queremos a Mr. Rogers y Tom Hanks no iba a ser menos

Recuerdo que hace unos años me hice una foto junto a la estatua de bronce que tiene Mister Rogers en la zona que se conoce por North Shore (Playa Norte), aquí, en Pittsburgh. A este hijo de la ciudad, nació en una localidad cercana pero vivió toda su vida aquí, aunque parodiado hasta la saciedad por los grandes, Johnny Carson, Eddy Murphy o Jim Carrey se deleitaron en doblar su bondad y la suavidad de sus gestos, (algunos lo veían afeminado y dudaban de su orientación sexual), se le quiere mucho, no solo en Pensilvania sino en todo el país.

Mr. Rogers, Fred, era su nombre, nació sin preocupaciones económicas, (su padre era dueño de una empresa de ladrillos), aunque las piscológicas lo comían. En el colegio era el gordito de la clase, el inevitable objeto de burlas y del temido acoso escolar. Con inclinaciones religiosas y dispuesto a entregar su vida a la causa fue ordenado ministro presbiteriano, de ahí tal vez la procedencia de la delicadeza y mesura de sus ademanes. Pero fue en la Universidad de Pittsburgh en la que también estudió, donde decidió dar un volantazo a su vida para entregársela por entero a los niños. Seguramente el acoso al que fue sometido influyera en esta decisión. Y alguna huella debió dejarle este trauma, porque Fred, al alcanzar la juventud, decidió plantarse en un número que él consideraba mágico: el 143. Número que, además de ser su peso ideal, nunca sobrespasó las 143 libras, menos de 65 kg. metidos en un cuerpo de 183 centímetros, también interpretaba como el número del amor. I love you (Te quiero), Un 1 para I, ya que solo cuenta con una letra, un 4 para love, con cuatro letras, y 3 para you, ya que tiene tres.

La psicóloga infantil Margaret McFarland, profesora en la Universidad de Pittsburgh y coordinadora de un estudio en el que participaba Rogers, tuvo mucho que ver con el éxito de este. Tan grande era la confianza que Rogers tenía depositada en ella, que, hasta el fallecimiento de esta en 1988, actuó como consultora y revisora del contenido que él sacaba en pantalla para su audiencia infantil de lunes a viernes en su Mr. Rogers' Neighborhood (El vecindario del señor Rogers). Casi novecientos capítulos rodados en WQED, la emisora de Pittsburgh. En un principio El vecindario del señor Rogers solo se retransmitía en la zona pero luego, en 1968, alcanzó difusión nacional gracias a la National Educational Television (Televisión Educativa Nacional).

Mr. Rogers era un Juan Palomo: para su serie infantil cantaba, componía la música y letra de las canciones, era un excelente pianista, elaboraba los diálogos y creaba sus marionetas, Daniel, el Tigre de Rayas, su alter ego en las primeras décadas, es la más conocida y probablemente apreciada. En cada capítulo un tema y se atrevía con todos: el divorcio, la muerte, (motivado por la explosión del Challenger), la tolerancia, la creencia en los superhéroes, (la llegada de Superman en el 78 del siglo pasado y de otros superhéroes a la gran pantalla le produjeron gran malestar. Algunos niños habían fallecido tirándose de grandes alturas tratando de emular a estos héroes), el racismo, (en uno de los episodios se le ve remojando juanetes y compartiendo palangana con un amigo, el policía Clemmons, un hombre de color, homosexual en la vida real, no en los episodios, al que después del remojón le secará los pies) o el asesinato (acababan de matar a Bobby Kennedy).

Y aunque Mr. Rogers creía en los valores republicanos, le tocó defender la causa contra los planes que la administración Nixon, cargada con Vietnam, tenía para la televisión pública. Un 1 de mayo de 1969 fue el día en el que Mr. Rogers, con su franca oratoria, logró meterse en el bolsillo al senador Pastore y asegurar así veinte millones de dólares para el proyecto público.

Mr. Rogers siempre comenzaba sus episodios cantándole al televidente menudo si quería ser su vecino. A continuación abría un armario en el que colgaba su chaqueta de jornada laboral y la reemplazaba por otra de punto con cremallera. Después se sentaba en un banco para quitarse los zapatos y sustituirlos por unas zapatillas deportivas. Con estos actos Mr. Rogers pretendía que el niño, a veces ya maltratado por la vida, sintiera el calor de un hogar, aunque fuera a través del tubo. Mr. Rogers verdaderamente tenía esa capacidad para el ensueño, para hacerle creer a uno que era un ser querido y especial. Pero siempre hay desagradecidos que encuentran su irritante voz en los medios de difusión. "Está destruyendo una generación", dijeron en la Fox, en The New York Observer también se recogieron las mismas quejas, como sucediera en el Boston Herald, The Wall Street Journal y otros muchos. A Mr. Rogers lo acusaban de haber creado una generación monstruo, una generación de jóvenes que había acabado convencida, al mantra de Mr. Rogers, de que en verdad eran especiales y, de que, por tanto, no tenían por qué mover un dedo para ganarse esa etiqueta. En una palabra, la filosofía del trabajo se veía amenazada. Estos acusadores fueron incapaces de reconocer el valor cristiano de su sentencia.

A pesar de las críticas, con su voz cálida y su interés genuino por su vecino, Mr. Rogers fue capaz de mantenerse ininterrumpidamente en las ondas hasta el 2003, año en el que falleció. Fue en el 2008 cuando oficialmente se le sacó de las ondas públicas.

En el 2018 Morgan Neville sacó un excelente documenal Won't you be my neighbor? (¿No quieres ser mi vecino?) sobre Rogers y que acabo de ver. También este mes está de gira en Pittsburgh Maxwell King, el autor de la biografía The Good Neighbor: The Life and Works of Fred Rogers (El buen vecino: la vida y obra de Fred Rogers) que salió el año pasado. Y por si no fuera poco en otoño Tom Hanks nos lo traerá a la gran pantalla.

Si se quiere ver colección de marionetas y attrezzo hay que venirse a Pittsburgh, al museo Heinz. Fotos a colgar en el blog si es posible, en cuanto se produzca la visita, programada para noviembre.

Vamos a ver si Tom Hanks es capaz de revivirnos un poco las bondades y el estilo de los políticos estadounidenses y, ya puestos a pedir, de todo el orbe.

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