martes, 19 de julio de 2016

Postales desde Berlin

Hay autores a los que el tiempo los descubre a agua pasada, cuando ya no pueden disfrutar del placer del reconocimiento porque ya se han ido. Ese fue el caso de Lucia Berlin. La verdad. No sé cómo llegué hasta ella. Tal vez por alguna reseña.

Lucia, si se me permite la cercanía, es diferente. Ya sé que el abuso de este adjetivo ha sido la causa de que le haya hecho perder su singularidad, pero es que es así. Para empezar, su vida. Fuerte, difícil, cargada de adversidades, de constantes mudanzas, vivió unos años en Chile, y sí, manejaba el español perfectamente. ¿He dicho que fue alumna de Ramón J Sender, creo recordar que en la Universidad de Nuevo México? Berlin, con esos ojos suyos tan imponentes, tan abiertos, como si quisiera dejar que toda la humanidad le entrara por ellos, lo describe como un hombre solitario y triste.

Y, como tiene tanto que contar, es precisamente sobre su vida, la de su hermana, la de sus padres, abuelos, novios, exmaridos, hijos, cualquiera que se acercara a ella, sobre los que escribe. Escribió tres novelas, de las que, desgraciadamente, no conservamos ninguna. De una de ellas reconoce su mala calidad. Desconozco la certeza de su criterio, pero como corredora de media distancia, Lucia es imbatible. Su colección de relatos A Manual for cleaning women, lanzados el año pasado en inglés y creo que hace apenas unos meses en español como Manual para mujeres de la limpieza dan buena fe de ello. Por cierto, siempre a cuestas con el problema de las traducciones. La traducción pierde la sátira y la acidez de la autora. Es difícil dar forma a la expresión "for cleaning women" en la versión española, pero lo podríamos traducir por "quitarse del medio a las mujeres".

Del mundo de la limpieza Lucia Berlin sabía mucho, ya que durante algún tiempo se dedicó a limpiar casas. Y no solo eso. Trabajó de recepcionista en clínicas, de operadora en una centralita, lavanderías, centros de la tercera edad, profesora, antes de recalar en un puesto universitario por mediación de un buen amigo, pero eso ya fue casi al final de su vida. Lucia sabía mucho de la vida, y esa lucidez, a veces quema. Para soportar el dolor Lucia buscó refugio en el alcohol. Sus constantes idas y venidas a centros de desintoxicación, hospitales, la cárcel incluso, no solo tocó su cuerpo sino también su escritura, obligándola a escribir en los momentos donde el síndrome de abstinencia le daba una pequeña tregua.

Pero Lucia no se amilanó. En lugar de compadecerse de sí misma, qué carácter, logró salir a flote y crear unas piezas, unos retazos de una categoría envidiable. Sus detractores argumentan que sus historias no son historias, que son solo instantáneas, descabezadas, que andan sueltas por la página. Y algo cierto es. La propia Berlin calificó a algunas de sus piezas, que no todas, de "postales".

Supongo que esto es lo que en los autores venimos a denominar "estilo". Y Berlin viene cargada de "estilo" hasta las orejas. A ella no le gustaban los signos de puntuación, aborrecía la coma, las pausas forzadas que le obligaran a maquillar su pensamiento espídico y febril, velocísimo, certero.

Lucia, no dejes de enviar postales.

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