miércoles, 3 de agosto de 2016

¿Cuesta ser pobre?

Recuerdo un sketch de Louis C.K. en el que, en clave de humor, repasaba lo que es ser pobre.


Ahí contaba que tenía una cuenta bancaria con veinte dólares, era todo su capital, y que, pasado un tiempo, la cuenta, en lugar de devengarle intereses, pasó a tener "menos diez dólares y ahora no es que no tuviera dinero, sino que le quedaba menos que nada", con lo cual no tenía más remedio que buscar diez dólares si quería saldar la deuda contraída y volver al estado de bancarrota primigenio.

Esta circunstancia no es única al ámbito bancario. Su onda expansiva también repercute en las demás áreas del día a día, y, por supuesto, se ceba con los que menos recursos económicos tienen. En inglés existe una palabra para designar esta situación: ghetto tax. Literalmente "el impuesto del gueto". No se trata realmente de un impuesto, aunque las limitaciones a las que están sometidas las personas que las sufren, lo convierten en uno. En sociología hay un fenómeno ligado al ghetto tax que se conoce como "el efecto Mateo" o "ventaja acumulada". Básicamente resume el concepto de que, al que más tiene, más se le da, mientras que al pobre, se le quita.

Este impuesto imaginario tiene una estrecha relación con la falta o presencia de coche. Su posesión garantiza una acción libertadora que permite al consumidor salir en busca de los mejores precios, en lugar de subyugarlo al monopolio de la zona en la que está confinado. Sin coche, el ciudadano está castigado a comprar el pan, la leche, los huevos a unos precios exorbitantes, lo cual le resta recursos para hacer frente a otras necesidades que, igualmente, están por las nubes, haciendo prácticamente imposible que pueda salir de este círculo vicioso.

La vivienda es otra de esas necesidades donde encontramos el ghetto tax. Sobra decir que los inquilinos de los inmuebles no pueden tener un piso o una casa en propiedad con lo que viven de alquiler. Puesto que, como su movilidad está restringida pues carecen de coche y están condenados a vivir en el radio de acción que les permitan sus pies, el transporte público normalmente es abominable en estas áreas, no tienen más remedio que resignarse y agarrarse a lo que puedan. Y los caseros lo saben. Por que no hay competencia pueden poner los precios que consideren oportunos. "El cielo es el límite", dicen los americanos.

Estos caseros son traficantes de desesperación. Es una de las cosas que he descubierto con la lectura de Evicted:Poverty and Profit in the American City (Desahuciado: pobreza y beneficios en la ciudad americana), el último libro de Matthew Desmond. El autor es un profesor de Sociología en Harvard, jovencísimo, no creo que llegue a los cuarenta, ganador de la prestigiosa beca de la MacArthur Foundation.

Con ojo de etnógrafo, el tercero en discordia que trata de pasar desapercibido, aunque a veces, según él, no lo consiguiera, Desmond desmiga el día a día de distintos personajes, casi todos inquilinos, en su mayoría mujeres de color, dolorosamente jóvenes algunas de ellas, cargadas de hijos y de la responsabilidad de la supervivencia. Otra cosa que he aprendido con la lectura de esta obra es que los caseros se especializan en distintos grupos. Así, tenemos a los tres grandes: los inmigrantes, casi todos hispanos, los afroamericanos y los blancos sin recursos. Normalmente estas clases no se tocan y viven separadas unas de otras.

Desmond sabe mucho de desahucios, porque sus padres también perdieron la casa en la que se crió. Huelga decir que muchas emociones lo inundaron, entre otras la rabia, la impotencia y la vergüenza. Quizás es por eso, que se decidió a estudiar sociología y a pasar el 2008 y el 2009 en un camping con casas rodantes, casas que se pueden desplazar siempre y cuando se tengan los medios para alquilar la pieza que hace las veces de grúa y costearse la gasolina de tan terrible peso, siempre bajo el supuesto de que, en primer lugar, se tenga un coche con la fuerza necesaria para el arrastre.

Allí, Desmond descubrió a Scott, un enfermero caído en desgracia por su homosexualidad y adicción a las drogas o a Tobin y Lenny, o a los gerentes encargados de la vigilancia y el mantenimiento del camping de Milwaukee en Wisconsin, también con problemas de drogadicción. A través de ellos, Desmond contactó con Sherrena, la propietaria de múltiples apartamentos que dejó de ser profesora de escuela para dedicarse al lucrativo negocio del alquiler de casas y apartamentos, y con su esposo, el encargado de manejar las finanzas. También con Arleen y sus hijos o con Crystal. Por razones de privacidad el autor ocultó la identidad de los participantes bajo nombres ficticios. Incluso él, en su esfuerzo por pasar desapercibido, evita el uso de la primera persona.

Dicen que la neutralidad es imposible, pero Desmond se las apaña bastante bien. Sí, Sherrena, la casera, es una oportunista, pero también lleva comida a sus inquilinos. Sí, Scott robaba medicamentos de los pacientes para mantener su adicción, pero a él también le quitan sus pertenencias en el camping. Nadie escapa a su ojo de etnógrafo. Todo para gritar que esta situación, además de ser inmoral, es innecesaria.

El ghetto tax está vivito y coleando, ¿no les parece?

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