
Desconozco si Nathaniel Carey, otro pionero de Pensilvania, también tuvo que enfrentarse a la justicia. Pero sí se puede atestiguar que el señor Carey, de profesión sastre, fingió estar enfermo con el propósito de que, los séneca, nativos de la zona, se apiadaran de él y le indicaran dónde podía impregnarse de oro negro, pues corría la voz de que si se bebía o se untaba, sus propiedades curativas lo dejaban a uno como nuevo. Y fue allá por 1796 cuando Carey logró comprarle el secreto a un nativo, que lo llevó en canoa hasta Oil Creek (el arroyo del Crudo).
Beberlo no sé si lo bebería, pero no quedan dudas de que logró venderlo. De hecho, el señor Carey, cuenta con la distinción de haberle puesto precio al barril. Cinco galones, unos diecinueve litros, a 50 dólares en 1797, todo un dineral si tenemos en cuenta que los casi cuatro litros que se chupa el motor a día de hoy nos salen por unos 2 dólares y medio.
Gracias a la falsa enfermedad del señor Carey, él y su cuñado, Hamilton McClintock, pudieron montar un negocio que comenzó abasteciendo el petróleo Séneca (Seneca Oil), a boticas y amas de casa para atacar accidentes o enfermedades y ahora su crudeza no hace más que causarlos.
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