lunes, 2 de octubre de 2017

En el laberinto

En otoño, a parte de disfrazarnos para Halloween y de las visitas a Salem, el paraíso de las brujas, también podemos perdernos en un laberinto. Sí. Esta tradición comenzó en Estados Unidos en 1993 gracias a Don Franz, que tuvo la ocurrencia de crear un laberinto a base de maíz para divertir al personal de una universidad, el Lebanon Valley College en Pensilvania. La idea le surgió con la lectura de un folleto turístico en el que se mencionaba que 1991 era el Año del Maíz en Inglaterra y en el que también se hacía un listado de las atracciones que podían verse para celebrar tal ocasión.

 Si hay algo que abunda en este país, es maíz. Franz pronto ató cabos y puso su genialidad a trabajar. Y con bastante éxito, debo añadir.

El laberinto normalmente tiene una extensión de dos millas, y suele ser temático. Algunos se valen del ferrocarril, otros de barcos fluviales, otros tienen a los relojes de sol como protagonistas, violines, vidas de los pioneros, o, lógicamente, la inevitable noche terrorífica que requiere linternas para pasarlo de muerte el 31 de octubre. Los precios por el susto varían, pero suelen ser bastante asequibles, aunque más caros este precioso día, ya que la tramoya, la puesta en escena y el efecto a lo niños del maíz no tienen precio.   

Aquí dejo una entrevista, (en inglés), con el creador.

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