miércoles, 30 de noviembre de 2016

Profano y profundo

Si estuviera, hoy cumpliría 76 años.

Puede que muchos lo recuerden por la película No me chilles que no te veo en la que hace de ciego o por Superman III, en la que interpreta a Gus, el genio informático que los hermanos Webster utilizan para enriquecerse, pero Richard Pryor, además de ser buen actor, era mucho más que eso. Era el padre de todos los comediantes de nuestros días.


Entre los comediantes, parece que una infancia traumática, la suya marcada por un padre proxeneta, una madre prostituta y una abuela que lo crió en el prostíbulo que ella regentaba, se hace de primera necesidad para poder reírse de sí mismo y hacer que el público se ría con uno y de uno. Nadie como él trató sus adversidades en el escenario. Memorables son sus narraciones sobre el accidente que le quemó el cuerpo mientras purificaba cocaína con productos químicos inflamables.

A Pryor, como a casi todo artista, le costó encontrar la voz. Comenzó imitando los inocuos amaneramientos de Bill Cosby, pero pronto sintió que ese no era él. El sentimiento de impostor lo tomó subido al escenario en Las Vegas, frente a una audiencia en la que figuraban, entre otros, algunos miembros de la Rat Pack, Dean Martin y compañía. Allí los dejó plantados, en mitad del espectáculo. Pero Pryor ya sabía quién no era.

En el ajuste de su personalidad requirió de lo obsceno, la palabra mal sonante, la ordinariez, pero dicha con tanta naturalidad que parecía exenta de la agresividad y rabia desbordada con la que Lenny Bruce la trataba y que no logró tanto eco en unos Estados Unidos que aún no estaban lo suficientemente preparados para afrontar ese chorreón de libertad de expresión.

Y en cierta manera era lógico porque Pryor, al ser de color, tenía que andarse con pies de plomo si no quería alienar a la población blanca. El justo medio lo encontró en la palabra nigger (negro), un término ofensivo pero que su uso y abuso parecía deleitar tanto a negros como a blancos. Y es que Pryor hizo comprender a su audiencia que este término no atacaba a un individuo sino que reflejaba el carácter de una colectividad.

Por supuesto, el hacer comprender lleva su tiempo. En su caso cinco segundos. Ese era el lapso que Saturday Night Live decidió insertar con el fin de pillar y censurar las obscenidades que Pryor soltara en este late show, en directo.

Los cómicos, siempre tan necesarios, con sus verdades enteras y crudas, capaces de salvaguardarnos de la locura, sobretodo en épocas de autocracia.

Ahora, me pregunto, ¿volverían a aplicarle los cinco segundos?

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